/ Ignacio M. Sánchez Prado, Intermitencias americanistas. Estudios y ensayos escogidos (2004-2010). UNAM, México, 2012, 347 pages

En la breve nota que antecede a los doce artículos que componen este volumen, publicados previamente entre 2004 y 2010, el autor explica que decidió utilizar la palabra “intermitencias” en el título por dos razones: uno, porque los ensayos reflejan “la esporádica discusión de estos temas en la crítica especializada”; dos, porque fueron escritos como pausa a su línea de investigación paralela, el estudio de las instituciones culturales en México (7). Sin embargo, si tomamos en cuenta los tópicos que reaparecen en las distintas secciones del libro encontramos una tercera posibilidad capaz de explicar por qué la “intermitencia” es un concepto útil para entender el conjunto. Y esta tercera alternativa tiene que ver con que, a lo largo del libro, Sánchez Prado se asoma a las fronteras que separan diversos territorios (distintos campos disciplinarios, lenguajes y formatos diferentes, distancias geográficas, ordenamientos burocráticos universitarios), límites que en todos los casos estarían bloqueando la posibilidad de una crítica literaria más efectiva de la que se viene produciendo en las condiciones actuales.

La pregunta implícita detrás de los doce textos sería entonces cómo aproximarse a una crítica más valiosa (más útil como agente de transformación, de acuerdo con los presupuestos del libro, que en ese sentido comparto plenamente) forzando esos límites e intentando romperlos al menos fugazmente, lo suficiente como para producir una idea nueva que deje estela tras la recomposición de la frontera. De ese modo, en mi lectura, la intermitencia es ante todo el impulso de estos textos para producir acercamientos, oscilaciones y tanteos entre México y América Latina, entre América Latina y el mundo (de allí su preocupación por el desarrollo del concepto de literatura mundial, que ocupa un largo de ensayo que aparece como “Paréntesis” del libro), entre el latinoamericanismo y la tradición occidental (la constante repetición del llamado de Alfonso Reyes a participar del “banquete de la civilización occidental”), entre la academia norteamericana y la mexicana, entre lo literario y lo social, entre el ensayo y el estudio académico (“el ensayo y el paper, nos gusten o no, son dos estrategias de aproximación igualmente legítimas, necesarias y limitadas y prescindir de alguna de ellas es o una forma de autolegitimación ignorante o un camino de empobrecimiento de la lectura profesional” 275), entre la crítica y la ficción, entre la crítica literaria y la social, etc. El primer rasgo distintivo del volumen es entonces su posición fronteriza, que pretende ser menos una línea separatoria que un intento de tender un puente entre espacios usualmente separados por la multiplicidad de fronteras preestablecidas. No es casual, por tanto, que la primera parte del libro esté centrada en Alfonso Reyes, del que Sánchez Prado destaca el concepto de “ancilaridad” (préstamos e intercambios entre discursos literarios y no literarios, mutua contaminación disciplinaria 23). Esto confirma una de las características centrales para el concepto de “intermitencia” tal cual lo entiendo yo: lo literario imbricado con otros discursos. Un paso más allá, resalta la necesidad de dejar de pensar la experiencia literaria como autónoma, y empezar a observarla en su contacto con otros discursos y procesos sociales.

Un segundo aspecto de importancia es el énfasis que pone el autor en recordar que Reyes tenía como uno de sus objetivos centrales intervenir en la discusión occidental directamente y en igualdad de condiciones. Por tanto, el llamado a participar en el “banquete de la civilización occidental” implicaría intervenir en la discusión “universal” sin pasar por tamices identitarios o de diferencia como precondición. Sería interesante reflexionar en esta dimensión de Reyes en términos de poscolonialidad (más precisamente: como una negación de la misma), lo que permitiría pensarlo como un autor posterior a lo poscolonial, y de esa manera como un eslabón en la superación de dicho paradigma teórico. Aunque esta opción no es el eje del análisis de Sánchez Prado, podría perfectamente servir como una línea de trabajo posible de acuerdo con una de las ideas que, como veremos a continuación, el autor sostiene a lo largo de Intermitencias...: la relectura de los autores puede basarse en gestos ofrecidos por sus textos, gestos que deben ser actualizados por el trabajo del crítico.

De acuerdo con lo anterior, la lectura de los doce artículos permite extraer al menos dos presupuestos que sirven como subsuelo al desarrollo de las ideas expuestas en el libro. Son estas dos ideas que quiero resaltar en esta reseña y las que me parece más pertinente discutir si seguimos la idea, implícita o explícita en todos los artículos, de que la lectura crítica debe abrirse hacia lo social más que encerrarse en una disquisición cerrada en lo intelectual. En primer lugar, como es evidente por ejemplo en los estudios dedicados a José Vasconcelos o a Pedro Henríquez Ureña, pero como era ya visible en su trabajo anterior, Naciones intelectuales (2009), Sánchez Prado defiende la necesidad de ofrecer una lectura política de los autores analizados; una lectura política en un sentido muy preciso: capaz de convocar ideas, actitudes o gestos que puedan despertar en la actualidad algún tipo de respuesta. De este modo, la labor del crítico sería rescatar el potencial de los textos, redescubrir elementos con posibilidad de actualizarse productivamente no necesariamente para el ejercicio mismo de la crítica, sino pensando en su adopción por parte de movimientos o agentes sociales, instancias que representarían el horizonte último del debate intelectual. Por ello, de La raza cósmica rescata el “gesto utópico-político de su pensamiento” (167) para insertarlo en el contexto del latinoamericanismo contemporáneo, y contraponerlo así a otras construcciones teóricas que pretendieron imponerse como superaciones del mestizaje (la transculturación, la heterogeneidad, la hibridez y la diglosia cultural). Sánchez Prado señala con acierto que una gran diferencia entre las elaboraciones arriba mencionadas y el mestizaje de Vasconcelos es que este último fue una noción política, a veces incluso de Estado, mientras que las demás son articulaciones académicas sin sentido trascendente para los proyectos de Estado y nación (169). Por esa razón, el mestizaje descrito por Vasconcelos no puede, en la lectura politizada que el autor lanza como programa para una crítica literaria contemporánea, ser reducido a un concepto biológico ni cultural, sino que más allá de sus imprecisiones o vacíos debe ser rescatado como gesto que debe ser articulado a un proyecto político presente.

En el texto dedicado a Las corrientes literarias en la América Hispana de Pedro Henríquez Ureña encontramos un horizonte semejante: la labor del crítico debe ser estrechar la distancia entre la literatura y la sociedad, para lo cual se debe rescatar las potencialidades del texto y ponerlas en circulación. Esta metodología se convierte así en una especie de programa que encuentra forma definitiva en la sección final, si no la más relevante, sí la que en los propios términos del libro sería la más urgente del conjunto. Y aquí llego a la segunda característica que quiero destacar como eje articulador del libro: los “Tres manifiestos críticos” que incluye la parte final de Intermitencias... es la sección que llega más lejos en el intento de darle cuerpo a la propuesta de romper fronteras, y de hacerlo de manera múltiple y simultánea. Esta segunda característica del volumen, si bien se propone inicialmente como un proceso de construcción de puentes que superen las barreras (disciplinarias, burocráticas, formales, geográficas), termina revelando que en última instancia el gesto de eliminar límites necesariamente conducirá a la adopción de una postura ética que no puede mantenerse desvinculada del ejercicio intelectual, de tal modo que la ética necesariamente terminará siendo parte constitutiva del mismo, su condición de existencia y su telos. La ética del ejercicio intelectual, vista así, se encuentra en función de la capacidad de abrir espacios en lo político, terreno de resolución del trabajo intelectual.

En este punto específico podríamos considerar que el trabajo de Sánchez Prado está en sintonía con el deseo de politización que irrumpe por ejemplo en la academia norteamericana y su rápida respuesta (a través de libros y congresos) a eventos como Occupy Wall Street o 15M, como se ha visto por ejemplo en libros recientes de autores como David Harvey, Manuel Castells, o Michael Hardt y Antonio Negri. Pero si bien puede haber un aliento similar en la necesidad de no perder de vista el horizonte político de la calle en la reflexión intelectual, la particularidad de la propuesta de Intermitencias... es tomar como punto de partida lo literario para empezar a construir dicha conexión, en lo que sigue la línea trabajada en Naciones intelectuales. ¿Cómo entender este regreso a lo literario como subsuelo sobre el cual volver para buscar politizaciones, lo que sobre todo después de los estudios culturales puede ser visto como un gesto obsoleto o incluso melancólico?

Al responder a esta cuestión, creo que el autor se mueve precisamente en una de las intermitencias que pretende resolver: la que separa el trabajo académico “duro”, propio del latinoamericanismo en Estados Unidos, de la tradición humanista latinoamericana, y más específicamente mexicana (a pesar de que su análisis podría aplicarse sin problemas a otros países). Para desarrollar esta idea, quiero empezar señalando que, en varios momentos del libro, el autor recuerda que Edward Said sostiene que Eric Auerbach escribió Mímesis en circunstancias de absoluta destrucción material y moral. Auerbach, recuerda Said, escribió esa obra monumental de la crítica literaria en Estambul, sin biblioteca, en condiciones totalmente desfavorables, como una manera de recuperar o reivindicar la cultura occidental después de su tragedia más grande, la Segunda Guerra Mundial. En esa misma línea, Sánchez Prado posiciona a Ricardo Piglia si no en el centro de la tradición latinoamericana de fin de siglo, sí al menos como paradigma de una recomposición semejante a la que Said identifica en Auerbach. De esa manera, Sánchez Prado puede leer Respiración artificial como un intento de recomposición cultural ante otra tragedia, en este caso la dictadura militar argentina que gobernaba en la época de la escritura y publicación de dicha novela.

Considero, sin embargo, que la propuesta no se agota en ese paralelo, sino que empieza con el reconocimiento del mismo como un patrón del cual este libro sería un nuevo eslabón. Releer los textos de autores clásicos de la tradición latinoamericana en un momento en que el reinado del neoliberalismo ha conducido tanto a la supuesta “muerte de la literatura” como al vaciamiento de la cultura a manos de un mercado que le ha arrebatado incluso a sus mejores productos (tal como, argumenta uno de los ensayos, ocurre con Javier Marías) vendría a ser la puesta en escena del patrón identificado en Auerbach y en Piglia. Por tanto, a través del procedimiento de recomponer un corpus textual en una época de debacle y destrucción, el libro alcanza su apuesta más prístina y radical, y eso le permite poner en debate temas que sobrevuelan el ejercicio académico pero que por un problema de formato y de “especialización” (instancias que el libro indirectamente combate) a veces no encuentran un espacio adecuado para discutirse.

En esta última parte del libro incluso el tono de la escritura deja la pretendida objetividad inherente a la crítica (o a cierta crítica) para poner en evidencia la carga afectiva que implica ubicarse no fuera sino dentro del problema mismo del vaciamiento de la cultura. Pero hay algo más allá del mero gesto de incluirse en el corazón de la problemática; hay una apuesta concreta que mi lectura rescata de modo especial. Y con “mi lectura” me refiero a mi posición de latinoamericanista no especializado en lo mexicano: aunque a cambio pierda el detalle, el matiz de la lectura detenida que podría ofrecer un experto en Reyes o Vasconcelos, observar a distancia me permite acaso trazar con más claridad (o con mayor impunidad) las líneas que acercan las reflexiones sobre los textos comentados al quehacer político, terreno último del ejercicio intelectual. Y si bien es cierto que el autor señala claramente la necesidad de la lectura cercana (uno de los puntos en los cuales se distancia de Franco Moretti, tal como sostiene en el texto dedicado a la “literatura mundial”), la lejanía permite asomarse a la politización con la urgencia debida (y de ahí que mi lectura se detenga con más énfasis en esta parte final del libro).

La apuesta concreta a la que me refería es puntual y programática, de una potencia cristalina que puede producir rechazo a ambos lados de la frontera que separa lo ensayístico de lo académico. Desde el lado ensayístico-mexicano, se podría rechazar la idea de clausurar lo literario como ente cerrado en sí mismo; desde el académico-norteamericano-posliterario, podría suponerse como un esfuerzo de exhumar lo ya enterrado. Pero desde el intersticio de estas posturas divergentes surge la vía alternativa: la crítica literaria debe extenderse hasta conformar una especie de estructura de saber, un epistema preparado para conceptualizar lo social. Más concretamente, en “Pensar en literatura” Sánchez Prado propone utilizar las herramientas de la crítica literaria para ejecutar con ellas una crítica “del mundo”; es decir, de lo extra literario (por ejemplo, comentarios sobre deportes). De esa manera la literatura volvería a tener una función social sin abandonar su naturaleza de análisis textual.

Esta crítica como saber es una de las varias apuestas del libro que debiera evaluarse y discutirse con mayor profundidad. Y de esa manera podríamos volver a preguntarnos por una cuestión esencial para el desarrollo del campo, dentro y fuera de los recintos norteamericanos: el lugar de la literatura en el pensamiento humanista actual, cuestión con ya cierta tradición a cuestas, y del cual Intermitencias... puede ser leído como una intervención decidida que, lejos de intentar cerrar el problema, lo actualiza para su posterior discusión. Ese debería ser uno de los necesarios efectos a los que lleve la lectura de este importante libro.